"Las personas se miden por la soledad que soportan,
y la mía es mi mayor capital"

el legado del hybris.

Hazle sufrir. Tienes que hacerle sufrir. Tienes que ver el miedo en sus ojos. El pánico vibrando. Todo cuanto tiene haciéndose pedazos. Serás una asesina de reyes, pero también una mujer implacable. Hazlo.

El cuchillo temblaba en la mano de Antea al apuntar hacia su propia carne, hacia la extremidad contraria que no paraba de abrir y cerrar como un acto reflejo que retrasara el momento. La inseguridad era todo lo que le quedaba, la duda eterna e infinita, la constante pregunta de los actos y las consecuencias. Pero la voz en su cabeza era más fuerte que cualquier remordimiento, y la mancha oscura en su pecho hacía ya tiempo que parecía casi imposible de limpìar.

–Repítelo.

–Despecho. –su voz sonaba vacía, rota. Daba igual cuántas veces lo dijera, no dejaba de ser una justificación estúpida.

La risa de Némesis inundó los restos del vacío templo a las afueras de Tirinto, donde apenas quedaban ya unas tristes columnas y una débil techumbre que se mantenía en pie y resistía como el esqueleto de un animal milenario.

–Es una excusa tan pobre que resulta bochornoso concederte la venganza.

La sola presencia de la diosa oprimía el cuerpo de Antea, ejerciendo tal presión en el aire que las llamas de las antorchas apenas bailaban, y el fuerte hedor de los cadáveres del sacrificio parecía volverse tenue y dulce. Junto a Némesis todo se diluía, y Antea notaba cómo le ardía la sangre dentro del cuerpo, suplicando por salir y completar el sacrificio.

Pero no abrió la boca y no hizo otra cosa más que mirar los cuerpos sin vida frente a ella, la serpiente y el carnero al que les había quitado la vida para probar su compromiso con la diosa. Y todavía le quedaba derramar su sangre para que el ritual se completara, y nada impidiese que todos los cimientos en la vida de Belerofonte se hicieran añicos y la voz en su cabeza terminara por callarse.

–¿Entonces?

–Él debe pagar –Némesis se plantó frente a Antea y le agarró de las muñecas, y el contacto fue tan fuerte que le temblaron las rodillas–. Al contrario de lo que tú piensas, niña, nada de esto trata de venganza, sino de equilibrio. Y ese hombre ha recibido demasiado dones. Merece un castigo a su pecado, a todos los pecados que carga su sangre.

–Pero Belerofonte es un héroe. Mató a la Quimera, derrotó a los sólimos e incluso a las amazonas, y hasta la propia Atenea le ayudó a domar a Pegaso. No se trata de dones, ellos le adoran.

Antea cerró los ojos. Todavía podía evitarlo. Todavía podía ignorar las voces. Todavía podía mirar a Preto a los ojos y jurarle una y otra vez que nunca había hecho otra cosa más que equivocarse, y que lo sentía.

–Oh, niña, qué suerte tienes de desconocer lo retorcido de los dioses. Cuanto más aman a un hombre más le arrebatan, y no importa cuánto haya ayudado, cuántas piedras haya apartado del camino: basta un minúsculo fallo para que los dioses hagan pedazos a los héroes. Y cuando llegue la hora, la sangre de Sísifo hará que Belerofonte se enfrente al Olimpo.

La diosa se mordió la lengua y respiró hondo, clavando sus ojos en la oscura noche y la media luna que les sonreía. Aunque Antea sabía que no merecía las sonrisas de nadie.

–Siento la profecía en la punta de la lengua. Siento que son tus manos las que harán que todo se derrumbe. Niña, tienes el peso del destino sobre tus hombros. Debes terminar el ritual.

Cuando Némesis se separó, comenzó a bailar lentamente por el templo. Su cuerpo desnudo y delgado se balanceaba de un lado a otro. El pelo corto y revuelto le estilizaba los rasgos y le aniñaba la cara, y cuando Antea se atrevía a mirarla a los ojos podía ver cómo sus pupilas apenas eran una fina línea oscura envuelta en un iris dorado. Era como un gato despampanante encerrado en un cuerpo de mujer.

Hazlo. Derrama tu sangre antes de que sea otro quien acabe con su vida.

Antea alzó de nuevo el cuchillo y esta vez no dudó en clavar la punta en la palma de su mano. Una gota de sangre resbaló por su carne y escurrió por el metal.

–Una asesina de reyes. Una mujer implacable –de su boca volvieron a salir las palabras que ya habían sonado cientos de veces en su cabeza. Pero ahora eran tan reales que sentía que podían marcarse en su piel.

Por un momento el líquido tembló en la punta del puñal, y justo cuando Antea presionaba con más fuerza en su piel Némesis la abrazó por la espalda y le besó con suavidad en la barbilla.

–No, niña. Tú vas a ser el peso en la balanza.

Cuando la sangre cayó sobre los animales muertos, la diosa abrazó con más fuerza a Antea. Le arrancó un cabello y lo dejó caer sobre el amasijo en el suelo, y entonces siseó con fuerza y enseñó los dientes de tal manera que casi parecía una fiera bestia a punto de atacar. Pero de nuevo paró, y la diosa comenzó a susurrar palabras que sonaban profundas y lejanas, mientras aquello que yacía en el suelo convulsionaba y se retorcía y Antea sentía las náuseas subir por su estómago y las enormes ganas de retroceder y esconderse.

Si el calor asfixia y oprime, Belerofonte se quedará sin aire.
Si siente cómo la debilidad se cierne sobre él, 
tan solo le quedará la fuerza para continuar subiendo la montaña infinita. 
Si se atreve a bajar la mirada hacia las manos manchadas con su propia sangre, 
la culpa le agarrotará el pecho de tal modo que las rodillas 
amenazarán con ceder y ya no habrá modo alguno de avanzar.

De los animales ya no quedaba nada, tan solo una masa oscura y viscosa que no paraba de moverse y revolverse, una mole asquerosa que apestaba a muerte y a miedo, a todas las oscuras sensaciones que golpeaban el cuerpo de Antea cada vez que escuchaba las malditas voces. Y aquello no paraba de mutar y borbotear; de crear vida salida del mismísimo Tártaro.

La redención se escurrirá entre sus dedos y el orgullo de un tiempo pasado 
le susurrará al oído el cruel destino que carga su linaje: 
La muerte.

Cuando Némesis calló, el templo entero se quedó en silencio. Las llamas dejaron de crepitar, ni un sonido envolvía el aire salvo la respiración jadeante de Antea, que sentía su cuerpo arder y perder fuerza ante la piel de la diosa contra la suya.

El revoltijo oscuro se había vuelto un cuerpo firme, un animal que se erguía tan alto como ellas y que miraba a Antea con sus ojos violentos y desbocados. Era un enorme león, una criatura amenazante que negaba la realidad con sus grandiosos y retorcidos cuernos de carnero y el cuerpo de serpiente que le hacía de cola con aquella cabeza ondulante y siseante justo en el extremo. Habían vuelto a despertar a la Quimera.

–Ahora, niña, debes matar a su esposa. –la diosa volvió a besarle y su gesto se tornó en una sonrisa lastimera y compasiva. Porque Némesis sabía que el juego había empezado, que cada una de las fichas caería y que el tablero no tardaría en mancharse de sangre.

–Tú harás que el héroe se derrumbe.

Y lo peor no fue la sentencia, ni las palabras que salieron de la boca del monstruo ni la peste a muerte de su aliento. Lo peor fue que Antea supo que todas las voces que habitaban su cabeza habían cobrado vida y ya nunca podría librarse de ellas. No hasta que Belerofonte terminara muerto.


Texto escrito y bien presentado

2 comentarios:

  1. Cuando he empezado a leerlo me he dicho: esto me suena, esto me quiere de sonar. ¡Y tanto, tanto! Ya te dije que me encantaba, además fue de los textos más largos y de los que más me gustaron. ♥♥

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  2. Es tan genial y escribes tan bien que ojalá leerte más, mucho más. No lo dejes nunca.

    Abrazo.

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